La gallega que llegó a la cima de la escena francesa

Descubrí a María Casares durante la pasada edición de Cineuropa, #Cineuropa30. Cierto es que ya la conocía, pero de un modo tan superficial que me faltaba (re)conocerla. Bajo el título ‘Vinte anos sen María Casares’ se organizó una tarde temática en la que se proyectaron Le Testament d’Orphée (Jean Cocteau, 1960) y la entrevista que Joaquín Soler Serrano le realizó en el programa “A Fondo” de TVE. También se analizó su figura en un coloquio presentado por Mabel Rivera (vicepresidenta de la Asociación de Actores e Actrices de Galicia); moderado por el periodista Alberto Ramos; y protagonizado por Sabela Hermida (actriz y autora de una tesis doctoral sobre María Casares), el historiador del cine José Luis Castro de Paz y María Lopo (especialista en Casares y editora de Cartas no Exilio). El homenaje se completó el siguiente día con la proyección de esa maravilla hecha cine que es Les enfants du Paradis (Marcel Carné,1944). Más allá del poético legado de Cocteau y del didáctico e interesantísimo coloquio, lo que realmente me fascinó de María Casares fue esa revelación de si misma en el programa “A Fondo”, donde se descubrió como una mujer sobria, inquieta y cosmopolita, de magnéticos ojos verdes, imperecedero acento gallego y mil historias por contar.

María Casares

María Victoria Casares Pérez nació en A Coruña el 21 de noviembre de 1922. Sus padres fueron Gloria Pérez y Santiago Casares Quiroga, ministro de Guerra y presidente del Gobierno entre mayo y julio de 1936. Su infancia transcurrió apaciblemente entre A Coruña y Montrove. De la placidez de estos primeros años da fe la reflexión que hizo en “A Fondo” sobre su adaptación al país vecino: “el tiempo que había aprendido en Galicia era el tiempo de las mareas, de las lunas, el tiempo del siglo XIX. En Francia me encontré con el tiempo de luchar contra el reloj”*. En 1931 su padre fue nombrado Ministro de Marina y la familia se trasladó a Madrid. Esa experiencia supuso para María un primer exilio, el cambio a la gran ciudad. En 1939, poco antes del final de la contienda, tuvo que abandonar España con sus padres para huir de los desastres de la guerra. Sin embargo, ese nuevo exilio resultó menos traumático para ella, enfrentándose a las nuevas situaciones como si de una aventura se tratase.

Aún con la timidez que la caracterizaba, María Casares estudió teatro y realizó su primer gran papel a los 19 años en una representación de La Celestina. A partir de entonces se transformaría en Lady Macbeth (rol que repetiría delante de las cámaras), Fedra, Medea, Madre Coraje y otras icónicas mujeres de la historia de la literatura; e interpretaría obras dramáticas de Sartre, Pirandello, Jean Genet, Calderón, Víctor Hugo, Brecht, Valle Inclán o Rafael Alberti. Así fue como se convirtió en un mito de la escena francesa. Según Sabela Hermida, “allí era toda una diva, al nivel de una Sarah Bernhardt“**. Su talento también traspasó el Atlántico y llegó a Sudamérica. Sin embargo, en España y Galicia, la nada. A María Casares nos la arrebató el exilio, pero también esa tan arraigada costumbre de silenciar a las mujeres que destacan en cualquier ámbito. A día de hoy aún queda mucho trabajo por hacer para poner en el lugar que le corresponde nuestra actriz más internacional, la mujer que interpretó a las grandes heroínas de los mejores dramaturgos, y que trabajó con los cineastas más respetados de la época.

Por fortuna para quienes no pudimos presenciar sus obras, no solo de teatro vivió María Casares. Fueron 35 los trabajos audiovisuales en los que participó, incluyendo largometrajes, cortos y producciones televisivas. En los primeros años intervino en elegantes y melodramáticas superproducciones, todas ellas del barroco estilo que imperaba en la época. Se trataba de un cine fuertemente arraigado en la novela decimonónica, cuyo prestigio decayó con la llegada de los jóvenes autores de la Nouvelle Vague. Roger la Honte y La revanche de Roger la Honte (ambas rodadas por André Cayatte en 1946), Bagarres (Henri Calef, 1948), o L’homme qui revient de loin (Jean Castanier, 1950), son algunos ejemplos de este período. Pero si en algo coinciden los papeles interpretados por María Casares más allá del género, la época o el estilo cinematográfico, es en su fuerza centrípeta, en ese carisma que atrae forzosamente todas las miradas ocupando por completo el espacio de cada fotograma en que aparecen. Así son la dulce pero enérgica Nathalie, papel secundario de Les enfants du paradis (Marcel Carné, 1945); la indómita Carmelle de Bagarres; la apasionada y valerosa duquesa de La Chartreuse de Parme (Christian-Jaque, 1948); la fatal y rencorosa Hélène de Les Dames du bois de Boulogne (Robert Bresson, 1945); la mismísima Muerte en Orphée y Le testament d’Orphée (Jean Cocteau, 1950 y 1960 respectivamente); la trágica Yerma que interpretó para la televisión en 1963 dirigida por David Stivel; la anciana y solitaria condesa de Pazmany, oveja negra de la familia por su filiación comunista y clienta de La Lectrice (Michel Deville, 1988); o la madre ciega de Alonso en Someone else’s America (Goran Paskaljevic, 1995), su último trabajo cinematográfico.

Implicada en el atribulado momento histórico que le tocó vivir, prestó su voz como narradora en dos documentales sociopolíticamente comprometidos como Guernica, de Robert Hessens y Alain Resnais (1951), y Les Deux Mémoires (1974), el único documental dirigido por Jorge Semprún.

En 1981 se publicaron sus memorias, Residente privilegiada, en las que recuerda su relación con personajes como Jean Paul Sartre, Jean Cocteau, Pablo Picasso o Albert Camus, con quien estuvo unida sentimentalmente y al que define “como una continuación de la figura paterna”***.

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En los años 60 se refugió en el trabajo con más intensidad que nunca al mismo tiempo que emergía en ella la necesidad de buscar sus raíces. Y esas raíces aparecieron en la comunidad de exiliados en Argentina. Encontró una segunda familia en gente como Blanco Amor, Luis Seoane, Laxeiro y otros, con quienes compartía lazos culturales y un mismo sentimiento de desarraigo. Allí volvió a interpretar a la lorquiana Yerma, esta vez sobre las tablas, en un espectáculo dirigido por Margarita Xirgu en 1963; y Divinas Palabras, de Valle Inclán, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, dirigida en 1964 por Jorge Lavelli. El siguiente paso hacia esa reconciliación con su pasado lo dio en 1976, al volver a España para representar El adefesio, de Rafael Alberti. Se sintió tan afectuosamente acogida como tremendamente sola. Al no haber compartido la misma experiencia, no se creía capacitada para conversar con quienes habían vivido 40 años bajo el yugo de la dictadura. Estaba fascinada por la ilusión recobrada pero retraída por el distanciamiento que en ella había provocado el exilio.

A Galicia, sin embargo, nunca volvió. La conservó en su memoria y en ese acento gallego que tan orgullosamente mantuvo toda su vida.

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