El Blow-Up de Cortázar

 

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«Acabo de ver El desierto rojo. Estuve a punto de quedarme dormido dos veces. Es mi última experiencia con Antonioni; hay otras cosas en este mundo y ni él ni Fellini ni Hitchcock me pescan de nuevo (Porta, 2006, p. 175)».

Julio Cortázar en carta a Manuel Antín, 24 de noviembre de 1964.

A pesar de lo anecdótico de esta confidencia -que remata con un «pero qué extraordinario uso del color hay en esa película»-, resulta curioso que dos años después fuese el mismísimo Antonioni el director de la más célebre adaptación cinematográfica de la obra cortazariana: Blow-Up, basada en Las babas del diablo. Como sabéis, en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por el cine y por Cortázar, así que dedicaremos esta entrada a la crónica del particular Blow-Up del escritor argentino.

La azarosa historia de los derechos de autor, el respeto hacia el cineasta y las sensaciones de Julio Cortázar acerca de la película, aparecen reflejadas en su profusa correspondencia, inestimable fuente documental para conocer a un escritor que ejercía a tiempo completo. Dependiendo del destinatario de la misiva, Cortázar variaba sutilmente el tono de sus palabras. No ocultaba su ilusión a su traductor americano, el poeta Paul Blackburn, ni a su editor, Francisco Porrúa (encargado de ayudarle con la gestión de derechos); pero sí se mostraba más pesimista respecto al tratamiento de su relato en la película ante el cineasta Manuel Antín, autor de tres adaptaciones cinematográficas de sus cuentos (una de ellas, Circe, con guión del propio escritor). Sin duda, nadie mejor que el propio Julio Cortázar para contarnos su experiencia.

Carta a Paul Blackburn, 15 de agosto de 1965:

«[…] (By de way, recibí una carta de Antonioni, el director de cine italiano, que leyó Las babas del diablo y quiere hacer un film. Ojalá se decida y nos pongamos de acuerdo, porque eso también me permitiría vivir bastante tiempo sin trabajar para Mother Unesco.)(Cortázar, 2002, p. 924)».

A Francisco Porrúa, 4 de septiembre de 1965:

«Noticia personal y todavía muy privada. Recibí una carta increíble de Antonioni. Leyó los cuentos en la edición Einaudi, se subió por las paredes (supongo que con la ayuda de Mónica Vitti, el muy desgraciado, mirá que tener eso en casa…), y me dijo que Las babas del diablo era exactamente lo que estaba buscando hace años para hacer un film. Y que cuánto. Yo lo consulté con Calvino, le mandé un poder y en eso estamos. Pero Antonioni me telefoneó hace cinco días a Saignon (la cara del jefe de correos era de antología, créeme) y me dijo que nos arreglaremos, y que filmará la película en noviembre en Roma (Cortázar, 2002, p. 934)».

A Francisco Porrúa, 28 de septiembre de 1965:

«Aunque no creo que convenga todavía hablar de la operación MÓNICA, te paso las últimas noticias: Ponti producirá el film, y según me escribe Italo Calvino, que es mi apoderado en Italia (!), del cuento no queda más que el personaje del fotógrafo. Agrega, filosóficamente, que es mejor para mí, y que él le vendió un guión a Antonioni del cual solamente quedó una cosa en el momento de la filmación: un tucán que le había gustado como idea a Mónica Vitti. Me pregunto qué le va a gustar del cuento; a lo mejor el tipo del autor, nunca se sabe con estas emancipadas. La otra es que Ponti me invita a ir a Roma “tutto pago”, para firmar contrato. Yo, que me pinto solo para pararles las patas a estos Trimalciones del séptimo, he escrito que sólo estoy avilable del 18 al 20 de octubre. Si en esos días Ponti está en Boston o en Reikjavik, no sé lo que va a pasar. Pero hay que darse los gustos en vida (Cortázar, 2002, p. 944)».

A Francisco Porrúa, 22 de octubre de 1965:

«Ponti, el productor de Antonioni, me pidió la semana pasada (yo estaba todavía en Viena) que viajara a Roma para firmar el contrato para la filmación de Las babas del diablo. Llegué el lunes, y casi de inmediato surgió el jaleo legal que nadie al parecer había previsto. El abogado de Ponti (el Dr. Golino a quien tenías que enviarle las fotocopias de los contratos) planteó la cuestión de las ediciones extranjeras del cuento. Le indiqué de qué países se trataba, y me pidió copia de los contratos de edición, incluso el contrato original entre Sudamericana y yo. Naturalmente, yo no los tenía. Dado que no era posible volver a París para revolver entre mis papelesen busca de copias de los contratos, y dado que el abogado se negó a que Ponti firmara nada por cuanto temía que algún país se negara a la exhibición de la película en su territorio, se planteó una situación que sólo podía ser resuelta mediante el cable que te hicimos, amén de otro que envié a los USA donde la cosa era todavía más inquietante para Ponti, pues la idea de que le cierren el mercado norteamericano le quita todo interés en filmar el cuento. El resultado es: a) Golino espera que le envíes lo antes posible todas las fotocopias para estudiar la situación legal; b) en vez de firmar el contrato definitivo conmigo, hemos firmado un documento provisional por el cual Ponti toma una opción de 30 días sobre mi cuento, a la espera de que su abogado reciba las copias de los contratos y sepa a qué atenerse sobre la situación en todos los países a los que Sudamericana ha cedido los derechos (Cortázar, 2002, p. 950)».

A Francisco Porrúa, 19 de enero de 1966:

«Golino Horrendo telefoneó anteayer para decir que todo va bien pero que todavía le falta una última carta de Collins y otra de Luchterhand (editoriales británica y alemana que trabajaron con Cortázar). El inglés y el alemán lo van a mandar al reverendo carajo, pero está escrito que el tipo quiere documentos jurídicamente intachables. Le puse dos lineas a Promies y al director de Collins, para apurar la cosa. Parece que Antonioni trabaja ya en la película. ¿La veremos juntos en Europa, che? (Cortázar, 2002, p. 982)».

A Francisco Porrúa, 17 de febrero de 1966:

«Creo que sabrás también que lo de Golino Horrendo terminó felizmente, que fui a Roma y que firmé el contrato. Gracias, otra vez, por haberme ayudado tanto en eso. Ahora leo en el Observer que Antonioni filma en Londres una película titulada The Story of a Photographer and a Beautiful Woman in an April Morning. Aunque no lo creas, es Las babas del diablo (Cortázar, 2002, p. 993)».

Carta a Manuel Antín, 8 de octubre de 1965:

«No sé si los porteños habrán tenido ya noticias de algo que era un gran secreto hasta hace poco, o sea que Antonioni me escribió para decirme que quería filmar Las babas del diablo, un cuentecito que, junto con todos los otros, acababa de salir en italiano. Antonioni me telefoneó […] y me dijo que el cuento era la cristalización (sic) de un tema que andaba buscando desde hacía cinco años. Yo me quedé sumamente cristalizado al oír semejante afirmación, pero ya verás que poco quedará del original en la película. Te lo digo porque Italo Calvino, que es amigo mío, le escribió una vez un libro a Antonioni, y cuando llegó el momento de filmarlo, Italo descubrió que lo único suyo que había quedado era el tucán. […] Ya ves que no me hago ilusiones, pero tampoco me importa; el cine es siempre otra cosa, con sus derechos propios y sus limitaciones también propias; el que quiera leer mi cuento no tiene más que abrir el libro (Cortázar, 2012, p. 946)».

Carta a Manuel Antín, 22 de enero de 1966:

«Lo de Antonioni avanza lentamente, porque el abogado de Ponti no me llamará a firmar el contrato definitivo hasta que todos los editores de este mundo le hayan jurado por escrito que no van a utilizar sus posibles derechos de adaptación del cuento, etc. Sé, de todos modos, que Antonioni trabaja ya en el el film, que se hará en Londres, y que Catherine Spaak será una de las actrices. Como ya me conocés bien, te habrás dado cuenta a esta altura de las cosas que esta película me tiene notablemente sin cuidado; todos mis amigos se excitan mucho más que yo y me mandan recortes alusivos. Para mí todo eso está tan lejos y tiene tan poco que ver con mis intereses reales, que lo único positivo hasta ahora es haber charlado un rato con Antonioni y haber sentido lo que vale. Ah, y la plata, que me permitirá vivir unos meses sin hacer traducciones (Cortázar, 2002, p. 983)».

A Manuel Antín, 8 de diciembre de 1966:

«Me preguntás por la película de Antonini. Casi sé tanto como vos, o sea nada. Un amigo inglés asistió en Londres a la filmación de las últimas secuencias y se quedó deslumbrado (a lo mejor era por Vanessa Redgrave). Me dijo que la película se llama The Blow-Up, y que Antonioni está contento. Ahí se acaba mi información, cosa que no (te) extrañará porque me conocés. Un día pagaré mis cinco o siete francos y veré la película en París como cualquier hijo de vecino; son los placeres que me otorgo, y desde luego no serán muchos los que lo comprendan (Cortázar, 2002, p. 1093)».

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En 1966 se estrena Blow-Up de Michelangelo Antonioni, inspirada en el cuento Las Babas del Diablo, integrado en Las Armas secretas. Fue una película internacionalmente conocida y reconocida que obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1966. Sin embargo, Cortázar no reconoció en ella su relato. En carta a Mario Vargas Llosa del 3 de julio de 1967, le comentaba sus primeras impresiones:

«Aunque no demasiado de acuerdo con tu teoría sobre mi influencia sobre Antonioni, tu crítica de Blow-Up me gustó mucho por la cantidad de líneas de fuga y apertura que tiene en todo sentido. Vi el film en Amsterdam, volví a verlo en París, y me dejó las dos veces bastante frío. Objetivamente te digo que lo vi como si fuera cualquier otro film, sin que la mención de mi nombre en los títulos me situara en una perspectiva diferente. Claro está que una cosa es lo que uno pretende y otra la que realmente ocurre en los planos más profundos. Sólo inconsciente porque desde un principio A. y yo decidimos que él trabajaría por su cuenta, basándose tan sólo en la idea central de mi cuento; pero ya he vivido demasiado como para no saber que en mí hay muchos, y que eso que llamamos opinión es el producto misterioso de infinitos planos de los que sólo conocemos unos pocos, en general los menos importantes. Admiré el genio cinematográfico de A., su admirable manejo de cámara, y la secuencia de las ampliaciones de la fotografía me parecieron lo mejor del film. Te diré que sólo me reconocí en un brevísimo instante, que me conmovió mucho: cuando el fotógrafo vuelve al parque y descubre que el cadáver ha desaparecido, la cámara enfoca el cielo y las ramas de un árbol que el viento agita. Ahí, en esa toma que dura apenas dos segundo, sentí que había algo mío. El resto, quizá por suerte, es íntegramente de Antonioni (Cortázar, 2002, p. 1167)».

Con el tiempo la perspectiva del escritor fue variando. En la entrevista a Life en español, publicada el 7 de abril de 1969, Cortázar ya vislumbraba lazos invisibles entre su obra y la adaptación de Antonioni:

«Hablando de paraísos, no sé por qué me acuerdo intensamente de Vanessa Redgrave y de que usted me pide una opinión sobre los cambios que introdujo Michelangelo Antonioni en Las babas del diablo para Ilegar a Blow-Up. Este tema no tiene la menor importancia en sí, pero vale como una oportunidad para defender a Antonioni de algunas acusaciones injustas, aunque el tiempo transcurrido le dé a la defensa ese aire más bien lúgubre de las rehabilitaciones que suelen practicarse en la URSS. Cualquiera que nos conozca un poco sabe que tanto Antonioni como yo tendemos resueltamente a la mufa, razón por la cual nuestras relaciones amistosas consistieron en vernos lo menos posible para no hacernos perder recíprocamente el tiempo, delicadeza que ni el ni yo solemos encontrar en quienes nos rodean. Antonioni empezó por escribirme una carta que yo tomé por una broma de algún amigo chistoso, hasta advertir que estaba redactada en un idioma que aspiraba a pasar por francés, prueba irrebatible de autenticidad. Me enteré así de que acababa de comprar por casualidad mis cuentos traducidos al italiano, y que en Las babas del diablo había encontrado una idea que andaba persiguiendo desde hacia años; seguía una invitación para conocernos en Roma. Allí hablamos francamente; a Antonioni le interesaba la idea central del cuento, pero sus derivaciones fantásticas le eran indiferentes (incluso no había entendido muy bien el final) y quería hacer su propio cine, internarse una vez más en el mundo que le es natural. Comprendí que el resultado sería la obra de un gran cineasta, pero que poco tenía yo que hacer en la adaptación y los diálogos, aunque la cortesía llevara a Antonioni a proponerme una colaboración a nivel de rodaje.

[…] Así fue, y es justo dejar en claro que Antonioni tuvo la más amplia libertad para apartarse de mi relato y buscar sus propios fantasmas; buscándolos se encontró con algunos míos, porque mis cuentos son más pegajosos de lo que parecen, y el primero que lo sintió y lo dijo fue Vargas Llosa y creo que tenía razón. Vi la película mucho después de su estreno en Europa, una tarde de lluvia en Amsterdam pagué mi entrada como cualquiera de los holandeses allí congregados y en algún momento, en el rumor del follaje cuando la cámara sube hacia el cielo del parque y se ve temblar las hojas, sentí que Antonioni me guiñaba un ojo y que nos encontrábamos por encima o por debajo de las diferencias; cosas así son la alegría de los cronopios, y el resto no tiene la menor importancia (Cortázar, 2009, págs. 237 y 238)».

Y, por fin, la fascinación:

Un día escribí Las babas del diablo sin sospechar que lo insólito me esperaba más allá del relato para devolverme a la dimensión de la fotografía el año en que Michelangelo Antonioni convirtió mis palabras en las imágenes de Blow-Up. También aquí lo insólito lanzó su lento bumerang: mi esperanza y mi nostalgia de fotógrafo sin dominio sobre las fuerzas extrañas que suelen manifestarse en las instantáneas, despertó en un cineasta el deseo de mostrar cómo una foto en la que se desliza lo inesperado puede incidir sobre el destino de quién la toma sin sospechar lo que allí se agazapa. En este caso lo excepcional no repercutió en la realidad exterior; incapaz de captarlo a través de la fotografía, me fue dada la admirable recompensa de que alguien como Antonioni convirtiera mi escritura en imágenes, y que el bumerang volviera a mi mano después de un lento, imprevisible vuelo de veinte años (Cortázar, 2009, p. 419).

Siempre es un placer leer a Cortázar. Para comprender más o menos sus sensaciones, ahí están Las Babas del Diablo y Blow-Up. Disfrútenlas.

Bibliografía:

  • Cortázar, Julio: Cartas 1964-1968, Tomo 2, Madrid, Alfaguara, 2002.
  • Cortázar, Julio: Cartas 1965-1968, Tomo 3, Madrid, Alfaguara, 2012.
  • Cortázar, Julio: Papeles Inesperados. Madrid: Alfaguara, 2009.
  • Porta Fouz, Javier: Os Cortázar e os Cines, 171-188. En Álvarez Garriga, C, Fernández Naval, F. X., Manguel, A, Pérez Touriño, E, Piñón, N, Porta Fouz, J, et al. (2006).: Ler Imaxes. O arquivo fotográfico de Julio Cortázar. Santiago de Compostela, Ed. Xunta de Galicia.