¿El último tango?

“La obligué a tenderse poco a poco de lado, besándole los senos, buscándole la boca que murmuraba palabras sueltas y quejidos de entresueño, la lengua hasta lo más hondo mezclando salivas en las que el coñac había dejado un lejano sabor, un perfume que también venía de su pelo en el que se perdían mis manos, tirándole hacia atrás la cabeza pelirroja, haciéndole sentir mi fuerza, y cuando se quedó quieta, como resignada, resbalé contra ella y una vez más la tendí boca abajo, acaricié su espalda blanquísima, las nalgas pequeñas y apretadas, las corvas juntas, los tobillos con su rugosidad de tanto zapato, viajé por sus hombros y sus axilas en una lenta exploración de la lengua y los labios mientras mis dedos le envolvían los senos, los moldeaban y despertaban, la oí murmurar un quejido en el que no había dolor pero una vez más vergüenza y miedo porque ya debía sospechar lo que iba a hacerle, mi boca bajaba por su espalda, se abría paso entre la doble piel suavísima y secreta, mi lengua se adelantaba hacia la profundidad que se retraía y apretaba hurtándose a mi deseo. Oh no, no, así no, le oí repetir, no quiero así, por favor, por favor, sintiendo mi pierna que le ceñía los muslos, liberando las manos para apartarle las nalgas y ver de lleno el trigo oscuro, el diminuto botón dorado que se apretaba, venciendo la fuerza de los músculos que resistían. Su neceser estaba al borde de la mesa de noche, busqué a tientas el tubo de crema facial y ella oyó y volvió a negarse, tratando de zafar las piernas, se arqueó infantilmente cuando sintió el tubo en las nalgas, se contrajo mientras repetía no, no, así no, por favor así no, infantilmente así no, no quiero que me hagas eso, me va a doler, no quiero, no quiero, mientras yo volvía a abrirle las nalgas con las manos libres y me enderezaba sobre ella, sentí a la vez su quejido y el calor de su piel en mi sexo, la resistencia resbalosa y precaria de ese culito en el que nadie me impediría entrar, aparté las piernas para sujetarla mejor, apoyándole la manos en la espalda, doblándome lentamente sobre ella que se quejaba y se retorcía sin poder zafarse de mi peso, y su propio movimiento convulsivo me impulsó hacia adentro para vencer la primera resistencia, franquear el borde del guante sedoso e hirviente en el que cada avance era una nueva súplica, porque ahora las apariencias cedían a un dolor real y fugitivo que no merecía lástima, y su contracción multiplicaba una voluntad de no ceder, de no abjurar, de responder a cada sacudida cómplice (porque eso creo que ella lo sabía) con un nuevo avance hasta sentir que llegaba al término como también su dolor y su vergüenza alcanzaban su término y algo nuevo nacía en su llanto, el descubrimiento de que no era insoportable, que no la estaba violando aunque se negara y suplicara, que mi placer tenía un límite ahí donde empezaba el suyo y precisamente por eso la obstinación en negármelo, en rabiosamente arrancarse de mí y desmentir lo que estaba sintiendo, la culpa, mamá, tanta hostia, tanta ortodoxia. Caído sobre ella, pesando con todo mi peso para que me sintiera hasta lo más hondo, la anudé otra vez las manos en los senos, le mordí el pelo en la base del cuello para obligarla a estarse inmóvil aunque su espalda y su grupa temblaban acariciándome contra su voluntad y se removían bajo un dolor quemante que se volvía reiteración del quejido ya empapado de admisión, y al final cuando empecé a retirarme y a volver a entrar, apartándome apenas para sumirme otra vez, poseyéndola más y más mientras la oía decir que la lastimaba, que la violaba, que la estaba destrozando, que no podía, que me saliera, que por favor se la sacara, que por favor un poco, un momento solamente, que le hacía tanto mal, que por favor, que le ardía, que era horrible, que no podía más, que la estaba lastimando, por favor querido, por favor ahora, ahora, hasta que me acostumbre, querido, por favor un poco, sácamela por favor, te pido, me duele tanto, y su quejido diferente cuando me sintió vaciarme en ella, un nacimiento incontenible de placer, un estremecerse en el que toda ella, vagina y boca y piernas duplicaban el espasmo con que la traspasé y la empalé hasta el límite, sus nalgas apretadas contra mis ingles, tan unido a ella que toda su piel era mi piel, un mismo desplomarse en la llamarada verde de ojos cerrados y confundido pelo y piernas enredadas y el venir de la sombra resbalando como resbalaban nuestros cuerpos en un confuso ovillo de caricias y de quejas, toda palabra abolida en el murmullo de ese desligamiento que nos libera y devolvía al individuo, a comprender otra vez que esa mano era su mano y que mi boca buscaba la suya para llamarla a la conciliación, a una salada zona de encuentro balbuceante, de compartido sueño.”

¿El último tango eUltimo tango en Parisn París, de Bernardo Bertolucci? No. Libro de Manuel, de Julio Cortázar. Suponemos que la confusión provocada por el relato tampoco fue desmedida, vista o no vista la película, es de sobra conocido que no es crema facial sino mantequilla el lubricante que Marlon Brando utiliza para sodomizar a Maria Schneider.

Cuenta la leyenda… bueno, no tanto la leyenda como sí la crítica (*), que Julio Cortázar “se inspiró” en la célebre película de Bernardo Bertolucci para plasmar uno de los fragmentos más (re)conocidos de su novela. Pero nada más lejos de la realidaLibro de Manueld. Solo en la casualidad, ese azar que según el escritor argentino hace tan bien las cosas, está el origen de esta curiosa semejanza. Allá por octubre de 1972, mes de estreno del film, Libro de Manuel estaba inmerso en sus últimas pruebas de edición. Bertolucci no sabía nada de Cortázar y este llevaba meses refugiado en Saignon, el aislado paraíso que había alcanzado a lomos del dragón rojo Fafner, su wagneriana Volkswagen Combi.

Pero no solo el pasaje guarda similitudes, también sus objetivos. Más allá de la catarsis que ambas escenas suponen para sus respectivos y desesperados personajes, los dos autores buscaban una drástica ruptura con la tradición, eso sí, con intencionalidades opuestas. En El último tango en París, Bertolucci realizaba una devastadora crítica, a través de las palabras de Brando, de la familia como institución: “Repite conmigo: santa familia, templo de los buenos ciudadanos. Los niños son torturados hasta que confiesan su primera mentira, donde la voluntad se quiebra bajo la represión, donde la libertad es asesinada por el egoísmo. Dais asco, me cago en todos vosotros, maldita familia”. Cortázar, por su parte, procuraba la regeneración de la sociedad; así comentaba en una entrevista que “en Libro de Manuel, lo erótico entra como factor revolucionario. Creo que se rompía otra de las máscaras de la hipocresía latinoamericana, con ese tema tan crítico, que escandaliza siempre, todavía, a tanta gente. Se trata de quitar el miedo a un tabú, a quitar la máscara que lo cubre. Son incitaciones a quebrar una moral caduca” (**).

Cierto es que las similitudes entre película y novela terminan ahí. Nada tienen que ver, por otra parte, el complejo Paul de El último tango en París con el indeciso Andrés de Libro de Manuel. Ni la idiosincrasia de ambas obras, oscura y angustiosa, una, comprometida y esperanzadora, la otra. Pero otra vez acertaba Julio Cortázar al comentar: “Me hizo gracia tu referencia al paralelismo con el film de Bertolucci; cuando lo vi me paralizó esa simetría casi misteriosa, como nacida de una oscura necesidad sentida simultáneamente por dos artistas que no se conocen pero que viven a fondo su tiempo, lo que viene a ser una forma de conocimiento recíproco” (***).

* “Uno de los primeros lectores de Libro de Manuel me hizo notar diversas y curiosas simetrías (sin hablar de la última, escandalosa y boca abajo, entre el libro y la película, digamos entre Bertolucci y yo). Como se trataba de un crítico profesional, cayó rápidamente en la trampa de las “influencias” sin las cuales estos muchachos andan medio perdidos, y pensó que la película había marcado la conducta de mis personajes. Pero aparte de que ese tango se tocó en París mucho después de terminado el libro, y que Bertolucci y yo no nos hemos visto nunca, las simetrías me parecen curiosas y significativas; una vez más siento como una figura, una red que de alguna manera nos incluye a los dos. ¿Te fijaste que la acción de la película empieza en la calle Julio Veme, que el protagonista es un americano en París, que la chica es una burguesita, que el héroe y el amante de su difunta mujer son quizá la misma persona y su doble?” En Cortázar, Julio: Papeles Inesperados, Madrid, 2009, p. 454 y 455).

** Pereda, Rosa María: Si el escritor no se divierte, es un imbécil. Arte y Pensamiento, El País, 12 de marzo de 1978. http://www.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/Cortazar/fiche.php?Code=26.024&Id_mot=36.

*** Carta a Ángel Rama, Saignon, 5 de septiembre de 1973. En Cortázar, Julio: Cartas 1969- 1976. Tomo 4, Madrid: Alfaguara, 2012, pág. 394.

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