René Vautier, el activista de la imagen

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La carrera cinematográfica de René Vautier (1928) debería entenderse ligada a su pertenencia a la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Militante comunista y activista desde su adolescencia (a los 16 años recibió la Cruz de Guerra), decidió cambiar de armas al comprobar de primera mano los efectos que sus granadas provocaban sobre los soldados alemanes. Consciente del papel que el cine podía jugar como testimonio de la realidad, decidió estudiar realización cinematográfica en el IDHEC (Institut des Hautes Études Cinématographiques) donde se diplomó en 1948.

Tras el desgaste sufrido por las metrópolis durante la Segunda Guerra Mundial se aceleraron los diferentes procesos de descolonización en varios continentes. Para lavar su imagen, las naciones colonizadoras realizaron numerosas filmaciones de tipo etnográfico con el objetivo de mostrar las bondades de sus misiones civilizadoras sobre los pueblos subdesarrollados. Corría el año 1949 y la Liga de Enseñanza francesa le encargó a nuestro novel realizador el rodaje de uno de estos documentales de espíritu colonialista. Así fue como René Vautier partió al Sudán francés a rodar su primera película. Lo que no se imaginaban los ejecutores del encargo era que, viendo las atrocidades que se cometían en la colonia, horrores que le recordaban a su etapa en la Resistencia, el realizador decidiese tomar partido por los oprimidos y filmase la antítesis de lo encargado, esto es, Afrique 50, el primer documental anticolonialista de la historia. La película, obra maestra del cine engagé (cine comprometido), destaca por sus imágenes, tan crudas como bellas, y por su discurso directo, de denuncia por las inhumanas condiciones de vida de los colonizados y de esperanza por el posible logro de la independencia. Por ello, René Vautier fue condenado a un año de prisión; su material fue confiscado en su práctica totalidad (consiguió salvar algunas bobinas), y el documental estuvo censurado hasta 1996.

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Durante el montaje de Afrique 50, rodó Un homme est mort, corto con el que denunciaba la muerte de un trabajador en una huelga de Brest por el disparo de un policía. Esta película fue proyectada hasta su propia autodestrucción por diferentes comités de huelga. Ha muerto un hombre, de los autores Kris y Etienne Davodeau, narra en formato de cómic el contexto social en que se filmó la película y cómo ésta fortaleció la unión de los obreros implicados en el conflicto, evidenciando la importancia del cine como herramienta de divulgación.

En 1954 Vautier decidió profundizar en las relaciones franco-argelinas a través de Une nation, l’Algerie (1954), una película documentada con textos conservados en la Biblioteca Nacional de Francia. En ella se denunciaba, a través de los informes de los propios responsables, aberrantes y genocidas técnicas de opresión utilizadas por Francia durante la revuelta de Mograbi, entre los años 1830 y 1870; métodos como la “humareda” (el asesinato de indígenas mediante grandes hogueras en la entrada de sus grutas provocando la muerte por asfixia) que habían sido aprobados por la Asamblea Nacional Francesa. La película fue destruida durante una de las múltiples proyecciones celebradas en el Barrio Latino, cuando un grupo de miembros del Movimiento Nacional Argelino (opositores al partido comunista y al Frente de Liberación Nacional de Argelia) irrumpió violentamente en la sala destrozando todo lo que encontraba a su paso, incluyendo el proyector y la copia.

Más tarde, entre 1956 y 1957, filmó el conflicto franco-argelino desde las propias filas coloniales, tomando partido por aquellos que violentamente se enfrentaban, según sus propias palabras, a una violencia mucho mayor. Todo el desarrollo del documental estuvo plagado de contratiempos. Por un lado, en Francia estaba siendo buscado por atentar contra la seguridad del estado y apoyar al FLN (Frente de Liberación Nacional argelino), y en sus vigiladísimos laboratorios nunca podría revelar las imágenes grabadas. Tampoco en Gran Bretaña, con la que Francia tenía un convenio de intercambio de imágenes afines a sus colonias. Finalmente recurrió al laboratorio Kodak de Sevran donde, gracias al formato amateur que no dejaba negativos, el control era más complicado. Por otra parte, y con el rodaje a punto de finalizar, hubo un enfrentamiento en el que resultó herido, incrustándosele en el cráneo una pieza metálica del objetivo de su cámara, con lo que la búsqueda de un lugar donde recuperarse y montar la película se tornó imperativa. Para ello acudió a Alemania del este, único país sin relaciones diplomáticas con Francia. Así fue el accidentado nacimiento de Algerie en flammes (1958), película honesta y cruda que narra el día a día en las trincheras argelinas, es decir, las miradas angustiosas de los protagonistas, sus ratos de ocio entre bombardeos, los cuidados a los soldados heridos y los espacios plagados de cadáveres reales. La cadena de infortunios se prolongó durante la difusión de la película, Vautier fue detenido en Egipto y trasladado a una prisión tunecina del FLN, en la que permanecería varios meses. Y es que si algo tenían en común franceses y argelinos era la incomodidad que para ambos bandos suponían las películas del cineasta.

En 1962, ya reconciliado con los argelinos, Vautier se implicó en la lucha por la independencia de la colonia realizando Peuple en marche, un documental que contenía imágenes del conflicto armado y, por fin, los primeros pasos del país libre. Tras dedicarse hasta 1965 a dirigir la Escuela de Cine de Argel volvió a su Bretaña natal, donde realizó una película de ficción basada en testimonios reales de franceses que participaron en la guerra franco-argelina. Con ella, Avoir 20 ans dans les Aurès (1971), René Vautier obtuvo su primer reconocimiento público, recibiendo el premio de la Crítica en Cannes 72. En 1973, apoyado por cineastas como Alain Resnais y Claude Sautet, inició una huelga de hambre a favor de la derogación de la censura indiscriminada que padecía el cine en la República. Con ella Vautier logró su objetivo y la ley fue modificada. A partir de entonces su compromiso se diversificó atendiendo a diferentes causas como el apartheid sudafricano, el racismo en Francia, la situación de la mujer, el fascismo, la contaminación, etc. A día de hoy las películas de René Vautier son consideradas de interés público por la Academia Cinematográfica francesa y el objetivo del cineasta es intentar recuperar parte de sus 140 películas, en su mayoría perdidas, robadas o directamente destrozadas (se sospecha que el propio Jean-Marie Le Pen envió el comando que destruyó y cubrió de petróleo sus archivos y películas).

En estos tiempos en que los medios de comunicación no se atreven a morder la mano que les da de comer, no está de más recordar la carrera de un hombre que, obviando la falsa realidad impuesta, decidió tomar partido por la verdad a través de la imagen a pesar de las posibles consecuencias. Las cicatrices de su cráneo dan fe de ello.

Publicado en Culturamas, 05/07/2014

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