Mi familia y otros animales

Teo instagram

Utilizando el recurso (descaradamente copiado del blog de Nacho Mirás, rabudo.com) de “este blog es mío y puedo hacer en él lo que quiera” hoy vengo a hablar de mi familia, especialmente de uno de sus miembros, Teo. En noviembre de 2004, mi hermana me envió un correo electrónico sobre un cocker llamado Quique, que había sido abandonado y sería sacrificado si nadie lo adoptaba. Cuando aceptamos y preguntamos por Quique, descubrimos que era un señuelo; él ya había sido adoptado pero una amable y apasionada señorita te contaba la historia de otros muchos animalucos que tenían un futuro bastante más negro que el suyo. Como para entonces ya teníamos claro que íbamos a rescatar a un perro de una de esas miserables perreras donde son sacrificados periódicamente por falta de espacio, Mónica nos empezó a mandar fotos de cachorros, pero decididos a ayudar, optamos por un perro adulto. Finalmente, por similitud con un añorado perro de la infancia de mi madre, el elegido fue Teo, el artista anteriormente conocido como Luxe.

Cuando hermana y cuñado fueron a buscar a Teo no se pudieron resistir a la mirada melosa y embaucadora de Lía e hicieron un dos por uno. Así fue cómo entraron en nuestra familia Lía, una preciosa setter inglesa de dos años y Teo, un elegante setter irlandés de cinco. Algo evidente era que Teo necesitaba urgentemente ser rescatado, cuando lo conocimos era un saco de huesos y miedos, con una oreja sin parte de oreja y una costilla rota, y con tanto terror a las voces graves que en cuanto mi padre pronunciaba una palabra, Teo se echaba al suelo temblando. Tras unos meses, Teo logró adaptarse a la nueva buena vida y se convirtió en un perro alegre y sociable siempre con su característica cara de buena persona. Comenzamos entonces a disfrutar del perro silencioso que disimuladamente escapaba del malhumorado Pedrito que con la llegada del intruso sentía amenazado su gatuno trono; que corría y disfrutaba de cada paseo por el monte; que con embaucadoras miradas de reojo transmitía un “anda, venga, no te hagas la dura y ven a sobarme un poco”; que competía y compartía velocidades con Lía cada vez que se veían; que se desmayaba voluntariamente delante de todo aquel conocido que le gustaba para que hiciera de él lo que quisiera; que, infructuosamente por desgracia, intentaba mear en el váter como cualquier otro ser del género masculino; y que buscaba el contacto posando su pata encima de toda mano libre que pillaba.

Para abreviar una inevitable agonía, Teo tuvo que ser sacrificado este pasado 8 de noviembre tras casi nueve años de lealtad y nobleza infinitas. Así que mi familia está de luto, le echamos de menos y es nuestra pequeña tragedia. Años atrás ayudamos a un perro (a dos, con Lía, of course) pero con el tiempo descubrimos que él, ellos, simplemente habían embellecido nuestra vida. Ahora mis padres están en la fase de “no queremos más animales porque después lo pasamos muy mal”. Y es que esas cortas esperanzas de vida canina y gatuna son eso, demasiado cortas. Inevitablemente tendremos más animales por una simple cuestión de solidaridad (con ellos) pero también de supervivencia (la nuestra).

Lía Superstar

Siempre sentí un gran respeto por los animales y a menudo pensé que había sido por pasar parte de mi infancia en la aldea, pero sinceramente, creo que la influencia del cine fue fundamental. Creo que el séptimo arte no está lo suficientemente explotado como la valiosa herramienta que es de transmisión de valores éticos o como apoyo para el desarrollo de nuestra inteligencia emocional.

Todo aquel que haya sobrevivido a su infancia sin haber derramado una lágrima con una de esas películas protagonizadas por animales de desdichado presente o infausto futuro, seguramente tendrá uno de estos tres problemas: carencia de televisor, padecimiento del Síndrome de Sjögren o algún tipo de psicopatía. Durante mi infancia, debido a la escasez de oferta televisiva, se antojaba obligatorio ver en la tele alguna de esas películas sobre perros que arrastraban trineos en Alaska en las que, inevitablemente, moría el mejor amigo del protagonista, quién, por cierto, solía conducir a la muerte a su perro no por supervivencia sino por causas tan “nobles” como una carrera, por ejemplo. En este tipo de películas, supuestamente, se nos mostraban ejemplos de superación, pero los únicos que se superaban eran los intrépidos canes que al final eran sacrificados por cuestiones meramente económicas. En aquellos tiempos no era consciente de su nada enmascarado mensaje capitalista.

Pelis

También vi El Despertar (The Yearling, Clarence Brown, 1946) y sigo sin entender por qué Gregory Peck tenía que matar el precioso ciervo de ese insoportable niño. Fuera cuál fuera el problema, ¿era la única solución posible?. Lo dudo. El Despertar pertenece a ese tipo de películas que plantean la entrada en la edad adulta como un sacrificio, como una radical ruptura con la infancia, atrás quedan los juegos y nunca más volverán. Son muchas esas películas y son muchas las personas que conviven con el síndrome de Peter Pan, quizá esta sociedad debería plantearse transiciones menos dramáticas. La cuestión es que, en este caso, el sacrificio implicaba la muerte del ciervo y mi casa se convirtió en un valle de lágrimas, obligándome a salir corriendo, orgullosa, hacia algún lugar solitario donde padecer mi inmenso sufrimiento en privado.

En cuanto a Disney siempre fui más de Dumbo que de Bambi, entre otras cosas porque me habían llegado ciertos rumores sobre la madre del cérvido. Pero lo cierto es que, sin ánimo de ofender, tampoco llegué a apreciar a las gentes del circo, demasiado ignorantes y explotadoras. ¿Cómo podían tratar con semejante desprecio a ese dulce elefantito? Menos mal que los espectáculos con animales se van prohibiendo paulatinamente.

Dejando a un lado ese tipo de películas empalagosas y seguramente producidas por psicólogos infantiles con ansias de prosperar en su negocio (a mí no me engañan), ¿qué alma sin escrúpulos podía empatizar más con el capitán Ahab que con Moby Dick (Jonh Huston, 1956)? Todos deseábamos el triunfo de la ballena. Por otra parte, ¿a quién no se le encogió el corazón al descubrir que se llevaban al pobre Boxer de Rebelión en la Granja (Animal Farm, de Joy Batchelor y John Halas, 1954) al matadero y no al hospital como había dicho Napoleón? Aprendí a odiar a Stalin gracias a ese ambicioso y manipulador cerdo.

Todas esas películas marcaron inevitablemente mi (¿nuestra?) infancia y fomentaron mi (¿nuestro?) respeto hacia los animales aunque seguro que me olvido de muchas.

P.D: Dejo como postdata un pequeño documental sobre la ineficacia de las legislaciones estatales y autonómicas actuales frente al maltrato animal. Y ya por último, un pequeño consejo: si puedes, adopta.

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Curiosidades

“Sin ir más lejos, hace pocos días me alegré al comprobar que Welles había copiado el principio de Ciudadano Kane (1941) del inicio de Blancanieves y los siete enanitos (1937). Hay el mismo plano del castillo con la luz que se apaga en la ventana…”

Alain Resnais

Inicio de Blancanieves y los siete enanitos, de Walt Disney (1937):

Principio de Ciudadano Kane (1941):

Y de vuelta a Blancanieves, esta vez de noche:

La RKO siempre negó el rumor de esa posible relación de la que habla Resnais, afirmando que el autor de la escenografía, Mario Larrinaga, simplemente se había inspirado en Mont Saint-Michel. Pero la música misteriosa, el castillo y la ventana iluminada, sí nos sugieren esa conexión entre Ciudadano Kane y Blancanieves.

Los Jueves, Milagro

En la silenciosa y religiosa década de los 50 del pasado siglo, las películas que dominaban las pantallas españolas sólo podían contar historias livianas e intrascendentes ignorando todo tipo de argumentos polémicos. Por ello tanto folclore como tauromaquia eran temas muy socorridos junto a un nuevo género, el de los niños prodigio. Pan, Amor y Andalucía, el Cristo de los Faroles, el Niño de las Monjas o Carmen, la de Ronda son algunos títulos de estas fechas. Pero ya al inicio de la década aparecieron dos figuras fundamentales para nuestra particular historia del cine: Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, autores que apostaban por un cine de carácter más social y comprometido intentando burlar la omnipresente censura.

Sobre su relación con la censura comentó alguna vez Luis García Berlanga: “No tiene problemas con el embravecido mar quien lo conoce tan bien que sabe navegarlo sin que el mar le descubra”. Sin embargo, tampoco él, que conocía los entresijos de la censura pudo evitar una serie de encontronazos con ella. El caso más sangrante fue la producción de Los Jueves, Milagro, ejemplo perfecto de cine como testimonio de la historia por los avatares que sufrió, inconcebibles si no tenemos en cuenta la sociedad de los años 50. La película prometía estar entre las tres mejores de Berlanga, pero la censura la maltrató antes, durante y después de su producción. Tanto que el propio autor renegó públicamente de ella en 1957.

Beba CocacolaLa idea de la película surgió cuando una parte de la familia de Berlanga acudió a Cuevas de Vinromá, un pueblecito de Castellón, a presenciar el supuesto milagro que allí ocurría. Parece ser que cada jueves se aparecía la Virgen a unos niños, provocando este evento todo tipo de excursiones y peregrinaciones masivas hasta que la infrecuencia de las apareciones se volvió frecuente. Berlanga asoció el acontecimiento con  Lourdes y Fátima y sus respectivas industrias de explotación milagrera, y comenzó a buscar anécdotas para su incipiente historia.

Así nacieron el pueblo de Fuentecilla y su balneario de aguas cálcico-nitrogenadas que lo curaban todo. El mal sabor de estas aguas provocó el progresivo abandono de clientes y el pueblo cayó en una decadencia dificil de salvar. Ante este problema, las fuerzas vivas del pueblo toman la decisión de representar un falso milagro cada jueves para reclamar así el turismo perdido. El santo elegido es san Dimas y el gran parecido con don José obligará a éste a asumir el protagonismo del milagro, bien respaldado siempre por los demás tunantes, convertidos en un auténtico aunque desmañado equipo de producción, iluminación y sonido. La falta de inocentes fiables obliga a esta panda de truhanes a hacer la representación ante el cándido Mauro que intenta contagiar su entusiasmo a todos sus vecinos.

Los jueves, milagro. La aparición de san Dimas

El primer guión de Berlanga terminaba como termina la primera parte de la película actual, es decir, cuando fracasa el segundo milagro y queda Mauro de rodillas y brazos en cruz esperando hasta el amanecer un milagro que nunca llega. El personaje de Pepe Isbert, don José, no se atreve a aparecer delante de todos por temor a ser reconocido y termina huyendo del escenario. La última imagen sería la de Mauro solo en la estación, con un tren que aparece detrás de él escupiendo humo y a gran velocidad.

Este guión fue aprobado por su productora inicial pero ésta quebró y tuvo que ser traspasada, con tan mala suerte que fue comprada por una empresa del Opus Dei. Los nuevos productores, amparados por los censores, obligaron a Berlanga a reforzar el contenido religioso y éste, con José Luis Colina como coguionista, procedió a incorporar al relato la aparición del auténtico san Dimas. Como supervisor de los cambios, la productora asignó al dominico padre Garau, encantador y simpatiquísimo, según el propio Berlanga, y que presumía de moderno y rupturista por ser el primer cura español en ponerse un reloj de pulsera. Su labor debía consistir en el simple asesoramiento respecto a aspectos religiosos, pero lo cierto es que les pasaba folios y folios con anotaciones y modificaciones. Tanto fue así, que con la película ya terminada, Berlanga acudió al abogado Fernando Vizcaíno Casas para que hiciera posible lo imposible, que el reverendo padre Garau figurara en los créditos como guionista.

El nuevo final consistía en que san Dimas, antes de desaparecer, dejaba una ficha policial en la que revelaba su auténtica identidad religiosa pero dejando en el aire si realmente era un santo o un pícaro. Sobra decir que ni a la productora ni a la censura les hacía ninguna gracia la idea de convertir a san Dimas en un delicuente. Según el oficio 7.253 del 28 de octubre de 1957, la Dirección General de Cinematografía decretó que el contenido de la película debía “ser fruto de la fantasía desbordada, durante una siesta de verano, de don Ramón, el propietario del balneario”. Pero Berlanga se negó a rodar este final por lo cuál, una vez finalizado el rodaje, se contrató al director Jordi Grau para sustituyera el final del autor por el que ya conocemos.

Los jueves, milagro. Tercera aparición

Pese a todos los contratiempos sufridos por la película, el sello de Berlanga es perceptible en gran parte del metraje, materializándose en situaciones desternillantes y dejando salir a la luz sus influencias: los directores Frank Capra y René Clair, y el movimiento cinematográfico del neorrealismo italiano. Estas influencias y otras particularidades acercan la película a Bienvenido Mr Marshall, cercanía demostrable en el uso de la voz en off inicial (en Bienvenido Mr Marshall es continua), la actuación de actores no profesionales que generan movimiento y tumulto con entusiastas pancartas, y su interés por la incomunicación. Berlanga admiraba a Antonioni como el maestro de los elocuentes silencios signos de incomunicación y los reinterpretó a su forma y a su modo, es decir, mediante el parloteo de cuatro o cinco personas que hablan constantemente sin escucharse. Por lo demás, la influencia capriana y de René Clair se percibe en la ternura con la que se trata a ciertos personajes, como Mauro. Esta ternura dejará paso a un humor más negro a partir de su siguiente película, Plácido, ya coguionizada con Rafael Azcona.

Berlanga coincidió con varios especialistas que consideraban Los Jueves, Milagro su (im)posible mejor película, en la que había más armonía entre texto e imagen y en la que Berlanga se sintió más cómodo. Pero las imposiciones de la censura la convirtieron en un panfleto religioso en las antípodas de su idea inicial.