The happy hour

A propósito de El Gran Dictador, confesó Chaplin en sus memorias (1964): “si hubiera tenido conocimiento de los horrores de los campos de concentración alemanes no habría podido rodar la película: no habría podido burlarme de la demencia homicida de los nazis; no obstante, estaba decidido a ridiculizar su absurda mística en relación con una raza de sangre pura”. Afortunadamente vivió en esa pseudo ignorancia y nos legó una de las grandes muestras del cine de denuncia.

El Gran Dictador, estrenada en 1940, es la primera película hablada de Charles Chaplin. En 128 minutos, el cineasta evidencia con maestría su propia evolución del cine mudo al parlante. La película se inicia con una serie de divertidos sketchs de tradición chapliniana; continúa con una cómica y ya hablada parodia de los totalitarismos que narra en paralelo al drama del oprimido, y finaliza con un desesperado canto a la libertad.

Quizá no sea la mejor película de su director pero está plagada de momentos memorables. El baile del tirano Hynkell con un globo terráqueo no deja de ser un bello y satírico poema visual, y la secuencia del afeitado al ritmo de la danza húngara nº 5 de Brahms trata de forma jocosa y coreografiada la obsesión nazi por la música. Y es que, junto al arte, el cine y la arquitectura, la música fue un elemento fundamental de la Gleichschaltung, la política de unificación alemana, es decir, la “nazificación”. La historia musical germánica poblada de genios como Bach, Beethoven, Brahms y Wagner, a los que podemos añadir a los austríacos Mozart, Haydn y Schubert, hace comprensible su instrumentalización propagandística por parte del régimen nazi. La omnipresencia de la música en la vida cotidiana se dirigía a inculcar “valores alemanes” a la población, como el nacionalismo, el heroísmo mitológico y la pertenencia a una misma raza o comunidad.

Como testimonio de la importancia que para el nazismo tuvo la música tenemos el relato del escritor y político Jorge Semprún* que pasó dos años de su vida internado en un campo de concentración: “En Büchenwald había tres tipos de música: la música marcial, interpretada por la orquesta oficial, que sonaba por la mañana y por la noche, cuando íbamos y volvíamos del trabajo; la música que se escuchaba por los altavoces del campo (los había por todas partes), música ligera, canciones de Zarah Leander, cosas así, y una música clandestina por partida doble: la que interpretaba una orquestina de jazz dirigida por un checo, a escondidas tanto de los nazis como de los kapos comunistas alemanes, que la consideraban hija del imperialismo americano. Esta orquesta ensayaba en un sótano donde se apilaban las maletas de los deportados”.

¿Es el humor un buen lenguaje para tratar temas espinosos? ¿es posible que nuestra obsesión actual con lo políticamente correcto nos impida tratar temas delicados de la misma forma que Chaplin?

* Jorge Semprún en la inauguración de la exposición La música y el III Reich. De Bayreuth a Terezin (2007).

Anuncios