Epilepsĭa

« De todos los saberes de que el hombre dispone, hay uno que le falta: el arte de saber cómo utilizar su propia enfermedad»
                                                                                                                                           Novalis

Es innegable que el valor del cine como fuente historiográfica está más ligado a su rol testimonial que a la historicidad de su contenido. La falta de asesoramiento y la búsqueda de la espectacularidad han dado lugar, en multitud de películas, a la continuidad de ancestrales prácticas y obsoletos estereotipos. Esta frivolidad ha desvirtuado una útil herramienta para conocer la evolución del pensamiento desde los inicios del siglo XX. El cine ha reflejado progresos, retrocesos y nuestra postura ante ellos; nos ha mostrado diferentes perspectivas respecto a los avances técnicos, la historia, la política, la economía e, incluso, la medicina. Respecto a esta última, cabe decir que no fue muy bien tratada por el séptimo arte. Las enfermedades neurológicas, por ejemplo, estuvieron sometidas durante mucho tiempo a ciertos prejuicios de los que lentamente se van liberando pero cuyo proceso podría haber acelerado un cine más comprometido. En el caso concreto de la epilepsia, el saber (sic) popular ha asociado tradicionalmente la enfermedad a la violencia, la locura e incluso a la posesión diabólica; sin obviar la vertiente buenista, que consideraba al epiléptico un pobre y lastimero tarado. Y así nos lo ha mostrado el cine.

Se han llevado a cabo diversos estudios analizando la perspectiva que se ha ofrecido de la epilepsia a través del cine, la televisión o la literatura, de los que podemos extraer dos conclusiones importantes. Por un lado, que la epilepsia es una gran desconocida. Por otra parte, el protagonismo absoluto de las crisis convulsivas generalizadas, que prevalecen sobre otros tipos de crisis menos dramáticas por la espectacularidad de sus episodios, revelando una cierta tendencia hacia el sensacionalismo, ergo a la falta de credibilidad.

Fiódor Dostoyevski. Retrato por Vasily Perov.

Este efectismo es menos visual en la literatura, donde por lo general se ha tendido hacia la representación del epiléptico como víctima de la sociedad y de su propia enfermedad. Sin embargo, siempre nos quedará Dostoievski. El escritor, uno de los máximos exponentes del realismo ruso y de la novela psicológica, padeció epilepsia durante tres cuartas partes de su vida y, utilizando la literatura como catarsis, supo integrar la enfermedad en su obra con delicadeza y sensibilidad. Su patología fue minuciosamente descrita por él y sus conocidos, convirtiéndose en objeto de estudio de la literatura médica. Se le diagnosticó epilepsia criptogénica focal de probable origen temporal con crisis extáticas. Es decir, sus crisis convulsivas solían ir precedidas de un aura psíquica caracterizada por una sensación de paz y armonía casi místicas que Dostoievski recordaba al recuperar el conocimiento. En Los hermanos Karamazov, Humillados y Ofendidos, La PatronaLos demonios, aparecen personajes epilépticos, pero es el príncipe Mishkin de El Idiota quien describe pormenorizadamente las crisis, las emociones y el aura, sobre la que reflexiona  lo siguiente:  «¿Y qué, si esto es enfermedad? ¿Qué importa que se trate de una tensión anormal si su resultado, tal como lo considero y analizo cuando vuelvo a mi estado corriente, contiene armonía y belleza en el máximo grado, y si en ese minuto experimento una sensación inaudita, insospechada hasta entonces, de plenitud, de ritmo, de paz, de éxtasis devoto que me inmerge en la más alta síntesis de la vida?» «Puesto que en aquel segundo, último momento consciente que precedía al ataque, el enfermo podía pensar can claridad y conocimiento de causa: «Por este instante vale la pena de dar toda una vida», era evidente que tal segundo valía toda una vida.»

El Idiota fue publicada originalmente en serie en El mensajero ruso entre 1868 y 1869 y narra el regreso del joven príncipe Mishkin a su San Petersburgo natal, tras pasar parte de su vida en Suiza recuperándose de su dolencia. Es el propio Mishkin quien se presenta a sí mismo como enfermo de idiotez en proceso de curación, y como tal es recibido por sus conciudadanos, que consideran síntomas de la mente enferma del príncipe su inocencia y honestidad, valores insólitos en el frívolo ambiente de la sociedad pudiente.

En 1951 Akira Kurosawa estrena Hakuchi, una adaptación de El Idiota que cambia la opulenta clase alta de San Petersburgo por el Japón de la posguerra. El nuevo príncipe Mishkin es Kinji Kameda, un veterano soldado que comienza a padecer crisis epilépticas por la conmoción que sufre tras salvarse de un fusilamiento. Finalizado el conflicto, Kameda vuelve a su hogar, Hokkaido, para intentar rehacer su vida. La película de Kurosawa es un bello ejercicio de adaptación literaria y todo un homenaje a la obra de Dostoievski. Los textos que se intercalan con las imágenes se encargan de acentuar esta admiración. No obstante, la película adquiere autonomía, consigue independizarse de la novela a través del distanciamiento en espacio y tiempo, y del diferente tratamiento de los mismos personajes. Estéticamente es impecable, el trabajo con la iluminación y la disposición de los actores aporta hermosas y pictóricas secuencias no exentas de cierta oscuridad. Respecto al trabajo actoral, sobresalen Setsuko Hara, que interpreta a la misteriosa Taeko Nasu, y Toshirô Mifune como el irracional Denkichi Akama. La expresividad con la que transmiten sus dilemas morales y luchas internas sostiene todo el peso dramático de la película.

 Y hasta aquí mis elogios hacia El Idiota (Hakuchi) de Akira Kurosawa. Por lo demás, no me parece acertada la interpretación que hace del príncipe Mishkin a través del personaje de Kameda. Mishkin genera acción y movimiento con sus tímidas pero abiertas divergencias con el orden establecido. El pasivo y siempre acobardado Kameda, sin embargo, parece ser un simple testigo accidental de la energía generada por los personajes que lo rodean. Su actitud pusilánime y bobalicona está en las antípodas de la bondad inteligente del príncipe Mishkin. Resulta increíble que se encuentre atrapado entre dos triángulos amorosos porque se acerca más a una desventurada víctima de su enfermedad digna de toda nuestra compasión. De ahí que tampoco me parezca acertada la forma de tratar la epilepsia en la película. La crisis que sufre Kameda se acerca más a una posesión diabólica que a un verdadero ataque epiléptico. En este sentido, Akira Kurosawa traiciona la obra que homenajea construyendo un personaje radicalmente opuesto al príncipe Mishkin. A pesar de tejer una sosegada y preciosista historia sobre el honor y el amor, el cineasta japonés acaba prolongando los tradicionales prejuicios sobre la epilepsia en vez de continuar la estela realista de Dostoievski y dotar de fuerza su película. Basta comparar el momento de la crisis que sufre Kameda ante Akama con el del príncipe Mishkin, para descubrir que Kurosawa se queda a años luz de la expresividad del escritor ruso.

 Crisis de Kameda:

 

 

Crisis de Mishkin:

«… luego le pareció ver abrirse ante él una perspectiva indefinible y una intensa luz interior alumbró su alma.  Aquello no duró acaso ni medio segundo, pero, sin embargo, Mishkin conservó después la memoria, muy nítida, del comienzo del ataque, de los primeros gritos que se escaparon, espontáneos, de su boca, y que todos sus esfuerzos mentales no lograron reprimir. Y en seguida la conciencia de sí mismo se desvaneció, sucediéndole una completa tiniebla.

Era un acceso epiléptico, el primero que sufría desde hacía mucho. Sabido es lo súbitamente que se producen los ataques de esa enfermedad. En un abrir y cerrar de ojos el rostro se descompone de un modo horrible, y la alteración de la mirada resulta espantosa. Las convulsiones que agitan el cuerpo del enfermo crispan todos los músculos de su cara. De su pecho brotan gritos terribles, inimaginables, sin comparación con cosa alguna, gritos que no parecen humanos. Al oírlos parece increíble que los profiera el paciente, más bien se creería que hay en su interior otro ser que es el verdadero vociferante. Tal es, al menos, la impresión que han descrito numerosas personas testigos de crisis epilépticas. En resumen, hay mucha gente que siente un terror indecible, insoportable, ante un atacado de epilepsia.»

P.D: Por si os atrae este tema, adjunto un interesante vídeo realizado por el neurólogo Jesús Olivares Romero sobre la epilepsia en el cine.

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