Nostalgias

Resulta paradójico que en este año 2013 proliferen por doquier homenajes al cine y a los cines desde múltiples perspectivas mientras las propias salas van desapareciendo de modo aparentemente irremediable. Libros, exposiciones y nostalgias varias nos retrotraen a aquellos incómodos pero animados espacios utilizados como punto de encuentro para una sociedad con limitadas opciones de ocio. Con la aparición de los multicines el carácter social de la visita al cine se fue diluyendo pero persistió el ritual, ese proceso previo a la proyección que consiste en sentarse ante la gran pantalla y dejar que la oscuridad vaya acallando el murmullo de una sala expectante ante la posibilidad de realizar un viaje extraordinario desde una más o menos cómoda butaca.

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A pesar del avance de las tecnologías esa liturgia permanece aunque con menos romanticismo. La homogeneidad en las pantallas y el descontento del público que se traduce en su ausencia, han provocado que incluso las modernas multisalas de los centros comerciales que paulatinamente sometieron a los multicines hayan entrado en la misma vorágine. El pasado 14 de junio, por ejemplo, las salas CineBox proyectaron su última película dejando a la ciudad de Pontevedra sin cine.

Las administraciones y los empresarios de la distribución y exhibición hace tiempo que señalan con el dedo a la piratería como presunta culpable de esta debacle. Mi opinión es que la piratería sólo ha acelerado la decadencia del actual modelo de explotación cinematográfica, mientras que el gobierno se ha encargado de de darle el golpe de gracia con la subida del IVA. Limitar el análisis a la punta del iceberg es brutalmente deshonesto. La calidad de las películas que copan la mayor parte de las pantallas tiende a la baja, mientras otras producciones de mayor calidad no tienen cabida por falta de apoyo o promoción. Pero ese “ir a lo seguro” del panorama actual ya no es nada seguro. Hoy en día lo audiovisual está completamente integrado en nuestra rutina y eso nos ha llevado a una madurez en la asimilación de nuevos lenguajes y contenidos que no se refleja en las pantallas cinematográficas, cosa que sí sucede, por ejemplo, en las televisivas. ¿Cuántos de nosotros habríamos pagado por ver alguna de las nuevas series en pantalla grande?

Hay muy poca gente dispuesta a apoquinar casi diez euros por una película mala que puede ver gratis en su casa y, por el contrario, hay mucha gente consciente de que ver la última de Carax o Kaurismaki en la televisión y en baja calidad es una oportunidad de disfrute desaprovechada. Para darle facilidades a esa gente que valora o que algún día puede valorar el cine, de quienes depende la supervivencia de las salas, hay que modificar tanto las políticas culturales (quizá siguiendo a nuestros vecinos franceses, no lo sé) como las educativas. Un ejemplo: en estos tiempos en que la marcha de jóvenes españoles hacia otros países europeos en búsqueda de empleo no se considera emigración porque la Unión Europea es su propia casa (sic), es posible que ya estemos preparados para ver películas en su versión original.

En definitiva creo que, como una extrapolación de la realidad social que vivimos, el cierre de estos cines representa el rechazo ciudadano ante una programación uniforme y las políticas caducas que la promocionan. Queremos un cine humanizado, sensible a la complejidad de los nuevos tiempos y a las relaciones culturales e interculturales. Porque el cine nos lleva a otros mundos fantásticos o no tan fantásticos; nos traslada a realidades diferentes a la nuestra o nos muestra otras perspectivas de la misma; nos ayuda a conocernos y criticarnos o, incluso, comprendernos; y nos enseña una historia social que va más allá de las cifras y las letras del bachillerato.

La clausura de los míticos multicines Valle Inclán de Santiago de Compostela ha sido el detonante de este ataque de nostalgia. El centro de Santiago se ha quedado sin todos aquellos cines que visitábamos y la oferta cinematográfica se concentra en el nuevo, apartado y aséptico centro comercial dedicado a las grandes superproducciones de consumo rápido. El romanticismo se desvanece despertando nuestra nostalgia. Porque todos tenemos algún recuerdo asociado a los cines, un argumento propio que justifica la pervivencia de esos espacios. El mío está ligado a Capitanes Intrépidos de Victor Fleming. Vi la película en una de las escasas salas pequeñas que sobreviven, el Avenida de Caldas de Reis. Fue durante una de las visitas del colegio al cine, que estaba justo enfrente, o en una de las programaciones navideñas, no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es el mar de lágrimas que el inolvidable pescador portugués, Manuel, provocó en aquella sala de cine. Yo intenté sobrellevar las mías con la mayor entereza posible pero cuando las luces se encendieron y observé en los afligidos rostros de mis compañeros ese mismo esfuerzo, supe que aquél era un buen lugar donde pasar mi tiempo.

Capitanes Intrépidos

¿Cuál es tu recuerdo, tu argumento para que no cierren los cines?

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