¿Van Gogh en blanco y negro?

Van Gogh en blanco y negro

Vincent Van Gogh es ese pintor que a veces asociamos a la pasión, el dolor o la locura que condicionaron su existencia, y al color de su pintura. Porque, sobre todo, Van Gogh es el pintor del color, de ese color intenso y luminoso a veces cercano a la luz del sol, expresado con marcadas pinceladas que personalizan cada uno de sus cuadros. Por ello es cuando menos sorprendente que, en 1948, el gran Alain Resnais, futuro integrante de la Nouvelle Vague francesa, dedicase a la vida y obra del gran pintor un corto documental en blanco y negro. Porque ¿es posible que una película en blanco y negro sobre el pintor del color no traicione todo su espíritu? Pues sí, lo es. Y de un modo experimental que resulta muy interesante.

En palabras de Resnais, su intención al realizar Van Gogh era “explicar la vida imaginaria del pintor a través de su pintura”. Para ello contaba con una voz en off y una de las mejores series de cuadros de la Historia del Arte. Con ella construye y analiza el universo ilustrado de Van Gogh que acompaña al relato. La cámara surca las pinturas con poéticas y pequeñas panorámicas como si cada cuadro fuese inabarcable; el ritmo del montaje materializa la emotividad del pintor, y los zooms y planos detalle completan la construcción de esa explicación que Resnais pretendía realizar. Van Gogh de Resnais, no deja de ser una película animada que utiliza la obra del pintor como ambientación y personaje.

¿Y por qué en blanco y negro? Desconozo el motivo real pero mi interpretación va ligada al carácter didáctico a la par que lírico de la película. Por un lado, así, en blanco y negro, lo poético de la narración se intensifica por minutos. Por otra parte, el uso del auténtico color en una sublimación de la obra del pintor en la que se utilizan todos los recursos cinematográficos posibles, descentraría el relato y saturaría cualquier mirada.

En definitiva, este pequeño homenaje de Alain Resnais a Vincent Van Gogh es más que estimable. Disfrutadlo.

Los Senderos de Gloria no conducen sino a la tumba

Senderos de Gloria

No permitáis que la ambición se burle del esfuerzo útil de ellos,
de sus sencillas alegrías y oscuro destino;
ni que la grandeza escuche, con desdeñosa sonrisa
los cortos y sencillos hechos de los pobres.
El alarde de la heráldica, la pompa del poder y todo el esplendor,  toda la abundancia que da, espera igual que lo hace la hora inevitable. Los senderos de gloria no conducen sino a la tumba.

Thomas Gray (1716 – 1771)

Hay películas que, dentro del género histórico, reconstruyen la realidad con un nuevo discurso que se centra en el espíritu y los valores sociales, proponiéndonos una reflexión sobre la Historia en sí misma y sus consecuencias. Tal es el caso de Senderos de Gloria (Paths of Glory), rodada en 1957 por Stanley Kubrick.

Está basada en la novela homónima de Humphrey Cobb publicada en 1935, y ambas, película y novela, adaptan libremente varios hechos reales acontecidos durante la Gran Guerra. Por un lado, la ejecución de cuatro soldados franceses injustamente acusados de insubordinación. Por otro, el diezmado de la Décima Compañía del Batallón número 8 del Regimiento Mixto de tiradores argelinos, también acusados de haber desobedecido una orden de ataque.

Estamos en una trinchera que ocupa la división 701 de infantería francesa, comandada por el coronel Dax (un impresionante Kirk Douglas) y situada frente a la Colina de las Hormigas (Ant Hill), punto estratégico de la resistencia alemana.

Nuestra división, que cuenta con pocos hombres y carece de refuerzos, es enviada a una auténtica misión suicida, el asedio de la colina. Ante la evidencia de la derrota, los supervivientes se baten en retirada, lo que provoca la ira del general Mireau, quien convoca un consejo de guerra acusando a la división 701 de cobardía. Para llevar a cabo un juicio rápido escogen de forma aleatoria a tres hombres de entre toda la tropa, siguiendo la práctica de las antiguas legiones romanas de diezmar tropas (decimatio) como castigo ejemplar a la vez que una forma de “estimular” a los supervivientes. La decimatio romana consistía en elegir por sorteo a uno de cada diez soldados, que sería apedreado o golpeado hasta morir por sus propios compañeros.

Senderos de Gloria se desarrolla en plena Guerra de Trincheras, período comprendido entre septiembre de 1914 y agosto de 1918, en el que los ejércitos se vieron obligados a cavar miles de kilómetros de trincheras para protegerse del fuego enemigo.  En la primera parte de la película, dos geniales travellings nos muestran el día a día de los soldados que viven y conviven en una de esas laberínticas zanjas. Mientras unos hacen guardia, el resto se dedica a otras faenas cotidianas o a la dificultosa tarea de descansar. Hay quien se ve superado por esas sucias e infrahumanas condiciones de vida y cae afectado por la neurosis de guerra, enfermedad incomprendida y confundida con la cobardía.

Pero ante todo, Senderos de Gloria es una denuncia al totalitarismo del sistema militar. Los altos mandos, alejados de las trincheras, juegan inmoralmente con vidas humanas para conseguir victorias y medallas. En esta guerra no vemos un solo soldado alemán, los bombardeos ya nos indican su presencia. La figura del enemigo cobra una nueva dimensión. El adversario de guerra es circunstancial, secundario. Pero esa invisibilidad sólo enfatiza al otro enemigo, el que se encuentra entre nosotros.

El ejército no deja de ser una representación de la sociedad y de la lucha de clases. Mientras el soldado raso malvive y arriesga su vida en las trincheras, el alto cargo planifica las estrategias desde un suntuoso palacio. Los atentados contra los derechos humanos son diarios y simplemente obviados en una situación bélica en la que todo está permitido.

Campo de batalla

Trinchera 1

Trinchera 2

Primerísimo plano coronel Dax

Coronel Dax

Juicio improvisado

Los tres mandos militares responsables de los acusados son personajes-arquetipo de tres valores ideológicos: el idealismo (representado por el coronel Dax), el totalitarismo (el general Mireau) y la corrupción (el general Broulard). Esos tres valores protagonizan debates y discusiones que evidencian lo demencial de la guerra, personificando aquella frase de Samuel Johnson con la que el coronel Dax incomoda al general Mireau: “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.

La película es, en fin, un bellísimo alegato antibelicista. Su fotografía es casi simbólica. Las escenas del campo de batalla recuerdan a la pintura fantástica de Pieter Brueghel, El Viejo; y las del juicio son limpias y claras, limitándose a enfatizar los principios y la impotencia del héroe frente a la frialdad y deshumanización de los burócratas de la guerra. El final es tan melancólico como emotivo. Frente a ese despropósito que es la guerra, una canción alemana despierta el humanismo de los soldados, oculto a veces por la gran maquinaria devastadora. Ese sentimiento es la razón que nos obliga a continuar, aquello por lo que es necesario luchar y sobrevivir ¿pero es suficiente?