Poesía

“El Lado Oscuro del Corazón” de Eliseo Subiela (1992), nos narra la odisea de Oliverio en busca de la mujer de sus sueños. El viaje del protagonista (interpretado por un gran Darío Grandinetti) está impregnado de momentos surrealistas y sobre todo, de mucha poesía, una poesía abierta y libre, no encorsetada en esos esquemas tradicionales que hacen de ella un estilo literario a veces inaccesible.

A continuación, presentamos algunos de los poemas que aparecen en la película y los poemas originales, escritos o recitados por sus autores.

Poco se sabe, de Juan Gelman:

Yo no sabía que
no tenerte podía ser dulce como
nombrarte para que vengas aunque
no vengas y no haya sino
tu ausencia tan
dura como el golpe que
me di en la cara pensando en vos

Espantapájaros, de Oliverio Girondo:

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
“¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

Corazón Coraza, de Mario Benedetti

 

Rostro de vos, de Mario Benedetti

Táctica y Estrategia, de Mario Benedetti

El Cine de los invisibles ¿Parte I?

Durante la década de 1960 y principios de los años 70, América Latina vivió unos años de optimismo social y cultural que traían nuevos aires de esperanza a un continente proverbialmente castigado. La revolución cubana, la victoria de Salvador Allende en Chile y el “boom” internacional de su literatura fueron sus detonantes. Pero esa prosperidad terminó bruscamente en 1973. Ese año se produciría el primero de los golpes militares que reprimieron a los países del Cono Sur durante dos décadas, aquél que terminó con la derrota y el suicidio de Salvador Allende. A partir de entonces, la involución, la represión y el endurecimiento de la situación política se fueron expandiendo a prácticamente todo el continente: Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Perú.

En el caso particular de Argentina, los golpistas tomaron el poder en un período de violentos enfrentamientos entre fuerzas Armadas, paramilitares y varias organizaciones guerrilleras, como los Montoneros (de tendencia peronista) o el ERP (de ideología marxista-guevarista). El sexto golpe de estado del siglo XX en el país, dio lugar al denominado “Proceso de Reorganización Nacional”, que comenzó en 1976 y se prolongó hasta 1983. Este “Proceso” fue administrado por cuatro juntas militares sucesivas, estando cada una de ellas regida por su respectivo presidente: Jorge Rafael Videla (1976-1980), Roberto Eduardo Viola (1980-1981), Leopoldo Fortunato Galtieri (1981-1982) y Reynaldo Benito Bignone (1982-1983).

Las cuatro Juntas Militares llevaron a cabo una acción represiva en la línea del terrorismo de Estado o violencia institucional, conocida mundialmente como la Guerra Sucia, que contó con el apoyo de los principales medios de comunicación privados e influyentes grupos de poder civil y empresarial, la documentada complicidad de los Estados Unidos y la pasividad de la comunidad internacional.

El gobierno golpista secuestró, torturó y ejecutó clandestinamente a miles de personas, que luego serían denominados “los desaparecidos”. Éstos eran detenidos y acusados de subversión o pertenencia a guerrillas urbanas. Entre estos supuestos insubordinados había gente de todo tipo y estrato social: obreros, estudiantes, docentes, amas de casa, personal subalterno de las fuerzas de seguridad, religiosos, periodistas y artistas. Los detenidos eran llevados a uno de los centros clandestinos de detención que se multiplicaban por todo el país. En 1976 llegaron a contarse 610 aunque pronto la cifra se redujo hasta 364, decreciendo cada año hasta que en 1983 sólo uno continuaba en funcionamiento. El Vesubio, la ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), el Garaje Olimpo, Automotores Orletti o la Perla son algunos de los más conocidos por su “efectividad”. Gran cantidad de presos fueron ejecutados y enterrados en fosas comunes o arrojados al mar o al Río de la Plata desde aviones militares. Con las detenidas embarazadas tenían un cuidado especial hasta el parto, tras el cual también engrosaban la lista de desaparecidos. Sus hijos eran asesinados o entregados a padres de ideología afín al régimen. La cantidad exacta de desaparecidos se desconoce. La Subsecretaría de Derechos Humanos tenía registradas aproximadamente 15.000 víctimas. La CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) documentó 8.961 casos y diversos organismos de derechos humanos estiman la cantidad en 30.000.

Gran parte de la intelectualidad se exilió y comenzó a denunciar la situación desde el exterior. Las políticas culturales pasaron a ser una sola y totalitaria, las estructuras cinematográficas se desmantelaron y muchos libros fueron prohibidos y quemados. Los escasos intelectuales que resistieron, sufrieron en carnes propias los efectos de la censura y tiranía del nuevo régimen político-militar.

Tras la victoria de Raúl Alfonsín en las elecciones presidenciales de 1983, el retorno a la democracia en Argentina acarreó multitud de reflexiones sobre los acontecimientos recientes. El cine, como no podía ser menos, se convirtió en un excelente vehículo de expresión de temores y certezas. A mediados de la década de 1980 un grupo de directores destacó reflejando en sus películas la sociedad que sufrió y sobrevivió a la dictadura y sus secuelas. Entre esos directores se encuentran Héctor Olivera, Adolfo Aristarain, Luis Puenzo o Carlos Sorin. Cada uno de ellos tiene un estilo propio, pero comparten rasgos comunes. No escatiman crudeza y realismo, como una llamada de atención o un grito desgarrador al mundo entero para que conozca el horror sufrido. Las historias se relatan con el desencanto del superviviente y, al mismo tiempo, con una especial delicadeza, un cuidado infinito que no dañe todavía más a las víctimas.

En las películas que presentamos a continuación (unas pocas de muchas) estos rasgos se nos vuelven perceptibles, ofreciendo desde diferentes perspectivas multitud de facetas que nos facilitan la construcción mental de una realidad histórica que nunca se debió permitir y nunca se debería de repetir:

La historia Oficial”, de Luis Puenzo (1985), fue una de las primeras películas en retratar la sociedad en los últimos tiempos de la dictadura. Nos narra la toma de conciencia de una acomodada profesora de historia que vive en su burbuja particular, el instituto y su casa, completamente apartada de la realidad social. Tras el reencuentro con una amiga que llevaba siete años en el exilio, comienza a plantearse dudas sobre la vida que lleva y sobre su propia familia. La película nos refiere la perspectiva de los cómplices directos e indirectos del régimen dictatorial, la historia de aquellos que viven de espaldas a una sociedad hambrienta y humillada. Plantea cuestiones como el exilio forzoso, la tortura, el mundo empresarial afín al régimen y el espinoso tema de los niños robados. El guión es bueno pero sobresale gracias al excepcional trabajo actoral de Norma Aleandro y Héctor Alterio, quienes transmiten una humanidad que nos provoca todo tipo de sentimientos encontrados.
A continuación podemos escuchar una canción que canta la pequeña Gabi, canción simbólica para una película que gira sobre la complicidad de aquellos que no quieren ver.

La Noche de los Lápices“, de Héctor Olivera (1986). La operación denominada como la “Noche de los lápices”,  fue una actuación parapolicial que se desarrolló durante el mes de septiembre de 1976 e implicó el secuestro y la detención clandestina de diez estudiantes de secundaria (menores de edad) de la ciudad de La Plata. Su acto de subversión consistió en manifestarse por la devolución de los descuentos en los billetes de autobús que recientemente habían retirado. Sólo cuatro sobrevivieron a las torturas y uno de ellos, Pablo Díaz, fue el narrador de la historia, participando activamente en el guión de la película de Olivera.

La película no es perfecta, fue realizada con pocos medios técnicos y logísticos, y algunas de las actuaciones no parecen muy profesionales; sin embargo emociona y convulsiona por partes iguales. Debería ser una película de obligada visión para tomar conciencia de lo demencial de un  régimen que se dedica a torturar y asesinar a menores de edad por ser considerados enemigos de la nación. El relato de las torturas es escalofriante pero sobre todo, se incide en ese sentimiento de hermanamiento que se fragua entre los detenidos, contagiándose el instinto de supervivencia en los momentos más desesperados, con temas de Sui Generis como banda sonora.

 

Garage Olimpo

Garage Olimpo“, de Marco Bechis (1999). La película toma el nombre real de uno de esos centros de detención clandestinos, para desarrollar la relación amorosa entre víctima y torturador. Una vez detenida, María descubre que el encargado de sonsacarle información es su antiguo compañero de vivienda, personaje del que siempre obvió la atracción que demostraba hacia ella. El torturador busca cambiar los antiguos roles y fraguar una relación más o menos equitativa, algo totalmente imposible en el asfixiante espacio de una celda de castigo. Por su parte, la víctima busca la supervivencia, con lo cual se desarrolla una relación de encuentros y desencuentros, compleja y totalmente insana. La película, también sustentada fundamentalmente por el trabajo actoral, profundiza en emociones como el desaliento y la desesperación que obligan a dejar atrás ciertos valores que creemos fundamentales en pos de esa supervivencia.

Pero “Garage Olimpo” no se centra únicamente en la relación de la pareja protagonista. También se nos muestran los robos de los propios policías a las víctimas, la desesperación de los familiares de los detenidos ante un muro burocrático, o los abusos y  extorsiones ejercidos sobre las familias con vanas promesas de esperanza.

Por esos ojos“, de Virginia Martínez y Gonzalo Arijon (Uruguay, 1997) es un documental centrado en un caso que alcanzó una gran repercusión. El matrimonio Zaffaroni fue secuestrado y desaparecido en Argentina en 1976, tras pasar una temporada en el centro de detención de Automóviles Orletti. Su hija pequeña, la única superviviente de los tres, fue secuestrada y criada por un agente de la Secretaría de Inteligencia. En uno de los habituales anuncios de desaparecidos, se descubrió la identidad de sus captores y el lugar de residencia de la pequeña Mariana Zaffaroni Islas. La abuela, protagonista y narradora de la historia, movió cielo y tierra hasta encontrarla, hecho que ocurrió en 1998. El caso de Mariana y la esperanza de una abuela que busca al único miembro de la familia que le quedaba, movilizó a los medios de comunicación, la opinión pública e incluso a artistas como Sting. El ex-cantante de “The Police”, comprometido en diversas causas como la lucha contra la represión que sufrían los países de América Latina, acompañó a la abuela en una de sus ruedas de prensa, mostrando la foto de la niña desaparecida y dedicando una canción a los desaparecidos de los países del Cono Sur: “They dancing alone” o “Ellas danzan solas”.

Lo más sorprendente del caso fue la decisión de Mariana. Una vez que descubrió que sus supuestos padres habían sido cómplices del asesinato de sus auténticos padres, la joven de dieciséis años tomó partido por sus captores, a pesar de los análisis que daban la razón a su abuela y las pruebas evidentes. Los secuestradores, que fueron condenados a diferentes penas de prisión, se reencontraron en la calle con Mariana. El trauma era evidente, una niña criada con la que cree ser su familia descubre de una forma violenta y escandalosa, con medios de comunicación de por medio, que toda su vida es una mentira.

Buenos Aires Viceversa“, de Alejandro Agresti (1996), narra las secuelas de una sociedad Buenos Aires Viceversaestigmatizada por el régimen dictatorial. Su reparto coral se va entrelazando de modo similar al de “Vidas Cruzadas” de Robert Altman.  Así, conocemos a huérfanos de padres “desaparecidos”, abuelos de jóvenes asesinadas que niegan la realidad poseídos por el miedo; neuróticos obsesionados con unos medios de comunicación politizados y manipuladores; y, por supuesto, herederos naturales de los represores, que siguen disfrutando del primer atisbo de poder que se les ofrece. La película está ambientada en la década de los 90. La dictadura quedó atrás, pero sus heridas todavía están abiertas.

El Viento se llevó lo qué”, de Alejandro Agresti (1998), es una comedia delirante y surrealista, que narra la inocencia de un alejado pueblecito de la Patagonia. No se centra en la dictadura militar, sino que es un pequeño homenaje al cine como entretenimiento y nostalgia. Sin embargo, sí dedica a la tortura una pequeña escena que condensa todas las características que hemos querido mostrar en este artículo:  la cruda denuncia del relato y una especial sensibilidad entremezclada con humor que quita hierro a la tragedia pero dignifica todavía más a sus víctimas.

Artemisia

Alegoría de la pintura, Artemisia Gentileschi

Alegoría de la pintura, por Artemisia Gentileschi

Conocí a Artemisia Gentileschi en segundo curso de Historia del Arte, cuando paseábamos por las sinuosas galerías del Arte Barroco. Casi pasaba desapercibida entre la larga enumeración de discípulos del pintor lombardo Caravaggio. Pero sí, solo casi. Es inevitable que un nombre femenino llame la atención en un tiempo y un espacio en los que no es algo habitual.

El profesor se paró unos minutos a presentarnos a Artemisia, la primera mujer  que ingresó en la “Academia del Disegno” italiana. Nos habló un poco de su estilo pictórico y como en las carreras siempre hay prisa, a mayores, sació nuestra curiosidad recomendando una novela escrita por Anna Banti, de título: “Artemisia”.

Yo sabía que no era ni la primera ni la única mujer pintora de la Historia. En el mismo siglo XVI en el que nació, tanto Sofonisba Anguissola como Lavinia Fontana fueron admiradas mujeres pintoras que contaron con clientes tan ilustres como Felipe II (la primera) o el papa Clemente VIII (la segunda). Sin embargo, había algo que me fascinaba de la pintora romana. Las protagonistas femeninas de sus obras, Judith, Cleopatra, María Magdalena o Jael (casi siempre personajes clásicos o bíblicos, principales temas artísticos de la época) son grandes y poderosas, de proporciones casi miguelangelescas. Sus cuadros suelen mostrar la violencia que las mujeres ejercen contra el opresor que las somete; el semblante frágil de quien es consciente de su derrota; y la complicidad entre varias mujeres que conviven juntas en la soledad, apartadas del mundo masculino.  En definitiva, Artemisia nos muestra de modo simbolista, la indignada e indignante realidad de la mujer de su tiempo.

Así que, en cuanto pude, adquirí un ejemplar de esa “Artemisia” de Anna Banti y así descubrí a la artista y a la novelista.

Artemisia Gentileschi nació en Roma en 1593. Su padre era el pintor pisano Orazio Gentileschi. Cuando ella nació, Orazio ya era un pintor reconocido, respetado y relativamente acomodado (partiendo de la base de que el pintor barroco todavía era un artesano, no el artista independiente y libre en que se convierte a partir del Romanticismo). Tras Artemisia, nacieron otros tres niños, pero ella fue la que pronto destacó en el arte de la pintura. En aquel entonces, las mujeres no podían acceder a academias profesionales de dibujo o pintura pero Orazio era consciente del talento de su hija, así que contrató a un pintor de confianza como tutor personal, Agostino Tassi. Éste parecía la persona adecuada para instruir a la joven promesa. Se trataba de un versado paisajista, de influencias nórdicas e italianas, así que sus conocimientos técnicos quedaban fuera de toda duda. Pero, finalmente no fue el maestro apropiado. Agostino Tassi violó a su tutelada cuando ésta contaba con 18 o 19 años. Orazio denunció los hechos y Artemisia se atrevió a testificar en un polémico juicio en el que ella resultó ser la juzgada. Por lo novedoso de la denuncia, el juicio fue profusamente documentado. Se sabe que utilizaron humillantes métodos inquisitoriales y de tortura para sonsacar la verdad a la joven pintora y ante su respuesta inmutable, el violador fue condenado a cinco años de destierro de Roma.

En el actual siglo XXI este tipo de sucesos siguen provocando habladurías de todo tipo que no ayudan, precisamente, a la pronta recuperación de una persona traumatizada, así que no vamos a esperar que en la Roma de 1612 la cosa fuese distinta. Artemisia fue obligada a recuperar su “honra” casándose por conveniencia con un conocido de la infancia y a partir de este momento, se aisló de la sociedad y se centró por completo en la pintura. Su estilo cambió radicalmente. La luz brillante que iluminaba toda sus composiciones (herencia estilística de su padre) se esfumó por completo y pasó a ser la más tenebrista de los “caravaggistas”, dotando a su pinturas de una gran teatralidad barroca, figuras con forzadas posturas, rostros y cuerpos naturalistas y la plasmación de unos claroscuros simplemente espectaculares.

Caravaggio. Judith y Holofernes

Judith y Holofernes, por Caravaggio

Podemos ejemplificar su estilo comparando dos pinturas de la misma temática, una de Artemisia Gentileschi y de Caravaggio. El tema, “Judith y Holofernes”, se basa en un pasaje de la biblia en el que Judith de Betulia salva a su pueblo de ser conquistado decapitando al general invasor Holofernes. Ambas composiciones son muy teatrales, típicamente barrocas. Las figuras están tratadas con mucho realismo y la escasa iluminación destaca los expresivos rostros de los protagonistas y las sábanas manchadas de sangre. Pero hay alguna diferencia. La composición en triángulo de Artemisia potencia el dramatismo de la escena, acentuándolo más con la lucha de los tres personajes. El tirano se da cuenta del ataque y se resiste, pero las dos fuertes mujeres ponen todo su empeño en someterlo y derrotarlo. La Judith de Caravaggio, sin embargo, parece sorprender a Holofernes mientras duerme y no le da tiempo a reaccionar. Su rostro nos indica el desagrado que le provoca el acto que está cometiendo, no muestra la rabia de las mujeres de Artemisia.

Ese carácter rebelde que lleva a la pintora a plasmar su emotividad en todas sus pinturas, es la esencia de la novela de la historiadora del arte Anna Banti. Su tesis principal es que Artemisia quiere liberarse del trauma a través de cada una de sus obras. En la página número setenta de la novela, Artemisia piensa: “después de la vergüenza tenía al menos el derecho de ser libre como un hombre”.

Judith y Holofernes, por Artemisia Gentileschi

Judith y Holofernes, por Artemisia Gentileschi

La novela de Banti también tiene su historia. Finalizando ya una primera novela histórica sobre Artemisia, su casa y esa novela fueron destruidas por un incendio provocado durante la batalla de Florencia, en plena ocupación nazi. La autora publica una segunda novela en 1947, siendo ésta totalmente distinta a la anterior. La novela final evoca la desolación en la que se hundió tras la pérdida de la primera y el acercamiento emocional a aquella invisible amiga del siglo XVII. El lector se siente invasor de la intimidad existente entre las dos protagonistas, la pintora y la autora. Y es que Anna Banti, como lectora de Proust, Joyce o Woolf, no realiza una novela histórica ni biográfica al uso sino que, al modo de Marguerite Yourcenar y su “Memorias de Adriano”, experimenta con el lenguaje y la forma de expresarlo, liberando los miedos, temores y sueños de las dos mujeres  a través de monólogos interiores. Banti logra escribir una novela totalmente moderna y si no feminista (aunque admira la forma de escribir de Virginia Woolf, rehúye del concepto de feminismo del que la escritora inglesa es uno de sus adalides) sí femenina, en tanto en cuanto refleja un universo femenino, lleno de dudas, certezas y esperanzas. Es una lectura muy recomendable.

Fascinada ya por el universo de Artemisia, me enteré de la existencia de una película sobre la vida de la pintora, la busqué y la encontré. Así que una tarde me senté en el sofá preparada para impregnarme del ambiente de la época de Artemisia. El traslado de biografías al cine siempre fue un tema bastante polémico. Se critica su posible falta de rigor o ese excesivo individualismo actual que parece querer demostrar que la Humanidad fue evolucionando gracias a los grandes personajes. Particularmente, encuentro las películas biográficas muy didácticas por varios motivos. Me gusta adquirir una visión global de un personaje del que conozco su obra para ordenarla mentalmente, quizá de forma algo clásica, pero orden al fin y al cabo. También disfruto de esa curiosidad que de vez en cuando se despierta, por conocer todo lo escrito o pintado o dicho por alguien de quien has estado tan cerca durante unas dos horas. Además, una buena contextualización siempre nos enseña algo. Creo que las películas biográficas tienen la capacidad de hacer accesible al gran público, no sólo personas, sino también movimientos culturales o sociales. Pero siempre actuando con cierto criterio ante lo que nos están contando.

En fin, la película “Artemisia” fue realizada en 1997 por otra mujer, la cineasta francesa Agnès Merlet y estuvo nominada a los globos de oro de ese año en la candidatura de mejor película de habla no inglesa. Se trata de una coproducción entre Francia, Alemania e Italia directamente dirigida a la televisión, así que no esperaba una gran película, pero sí esperaba algo. Y lo cierto es que la primera media hora la disfruté. La ambientación es buena y la recreación de la vida y trabajo de una mujer pintora de principios del barroco es muy didáctica. Sin embargo, pasada esa media hora, lo que podría ser todo un reclamo sobre un gran personaje, se convierte en un pestiño amoroso que traiciona a la Artemisia histórica. La película obvia la violación y convierte el trato entre víctima y verdugo en una relación amorosa, consentida y sentimentaloide. El trauma de esta nueva Artemisia es la denuncia de su padre a Agostino; el juicio al que los dos son sometidos y la separación de su amante en contra de la voluntad de ambos. En definitiva, la esperada reivindicación cinematográfica de un personaje fascinante que podría ser todo un símbolo en Italia, se trunca y se nos presenta una visión retrógrada y decepcionante de la figura de Artemisia Gentileschi. La película de 1997 queda a años luz en cuestión de forma y contenido de la novela escrita cincuenta años antes.

En este caso, la película no es un viaje extraordinario. Y es una lástima, porque existen personas a las que todos deberíamos conocer.